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CUENTO
Coreografías
por Alex Ortega Espinoza

Ya no existían dudas. Carlos Cánepa Marchese tenía el pernicioso virus incubado en cada uno de los escasos recuerdos felices que alegraban su alicaída existencia, en los momentos más álgidos de su soledad. El aislamiento le había enseñado a valorar fútiles hechos rutinarios: las horas ociosas invertidas en exhaustivos análisis sobre situaciones que antes ni siquiera se había percatado. Lentamente la afección se agravó, apoderándose de él, dañándolo físicamente e infectando no solo sus pensamientos sino también su organismo. Pronto la enfermedad se hizo crónica; incurable.

Ojos perdidos en deshojados cuadernos garabateados con la deslucida letra de Clara, anhelos frustrados, obsesiva amistad gastada en viajes: boletos de avión, facturas de hoteles, restaurantes, casinos. La blusa olvidada en su cama la primera noche que pasó junto a Irene cuando aún era un imberbe estudiante; el polo negro con su nombre estampado en rojo para que no se olvidara de ella nunca; sus nombres escritos en la sangrienta portada de una revista durante la insurgencia le hacían recordarla, remitiéndolo a un profundo letargo que lo oprimía y obnubilaba por horas, trance que algunas veces llegaba a durar días.

—La conocí en la morgue, una madrugada de navidad. Yo buscaba desesperadamente al tío Lino entre los cadáveres mientras ella andaba distraída cargando un frasco con el cerebro de algún infeliz...— dijo Carlos con aire solemne, recordando su primer acercamiento a Irene, impresionado por los gráciles movimientos pese a su metro ochenta —Era una diosa; quizá un demonio vestido de blanco navegando sobre una avalancha de cuerpos cercenados, carnes putrefactas y órganos...

—Ya cállate. Eso no tiene nada de romántico— Le increpó Clara —Prometiste una historia romántica y lo que estas contando es asqueroso. Mejor prende la radio y hablemos de otra cosa— añadió con voz entrecortada.
Desde que tuvo uso de razón, Carlos adquirió la ordinaria costumbre de asociar la música a sus exiguos recuerdos dichosos; canciones poco conocidas (lo cual lo hacía original en cierto sentido) colmaban su repertorio, excepto por la inefable retahíla de sonidos estridentes que aprendió desde que conoció a Clara y que la hacían bailar fascinada y frenética en discotecas que él jamás imaginó frecuentar.

—La vida y la música son inseparables, biunívocas— decía —a veces olvidas si una situación ocurrió antes, después o con la canción, pero de la música no te olvidas. Lloras, ries, odias. Baladas, salsa, cumbia. No importa el ritmo.

—Cumbia: música corriente para gente corriente— recordaba Carlos las sentenciantes palabras de su pelirroja hermana, la madrugada del año nuevo anterior cuando Clara bailaba sola y extasiada al borde de la alberca y que al escuchar la despectiva voz de la pelirroja se avalanzó sobre ella propinándole una paliza que pudo tener consecuencias fatales si no es que Carlos y los amigos no se interponen en el pleito.

—Y pensar que te di mi cariño y mi amor fue solo para ti...— escuchaba Carlos sufriendo el destemplado estribillo que Clara repetía maliciosamente, torturándolo.
—Simple vulgaridad—decía para sus adentros—verdadera huachafería.

—Por qué no escuchas los discos que te di— esa si es música, creo que te va a gustar. De verdad— dijo Carlos mientras cambiaba de emisora. Clara solo escuchaba con la expresión culpable en el rostro.

—No sé inglés— dijo Clara, levantando las cejas y sonriendo tímidamnete. Carlos, cautivado por esa sensual negativa surgida de sus rosáceos labios volvió la radio a la emisora anterior.

—Pues tienes que aprender— ordenó —Anda un día de estos al instituto, te averiguas cuando empieza. Yo te lo pago.

—Para qué quieres que aprenda si tu mismo dijiste que aquí nadie lo habla bien. Todos lo mastican como si estuvieran comiendo su choclo con queso— replicó Clara. Si, él se lo había dicho. Así era el sistema. Además, los jóvenes que se atrevían a masticarlo, solo lo aprendían para invadir las polladas, conciertos, discotecas, lupanares y otros espectáculos denigrantes donde se presenciara la inminente decadencia humana. Si Clarita, esas mismas hordas de jóvenes que le regalaban su plata a las abundantes academias del centro de Lima intentando vanamente aprender algo que nunca aprenderían.

—¿Y ella iría a aprender?

—No hermano, ella no aprendería ni a patadas. Acaso no se daba cuenta que ella no servía para el estudio. Pero eso no importaba. Total, hay mujeres que no necesitan estudiar para ganarse la vida, sin desperdiciar años desvelándose imbuídas en inacabables rumas de añosos libros; y sin tener que implorarle a Santa Rosa o Sarita Colonia para conseguirse un trabajito aunque sea de recepcionista o telefonista. Aún, en ambos casos, con el comodín de atrapar algún oficinista, un profesional solitario, un hombre de negocios, en fin, alguien con plata con quien desposarse, firmar el acta de matrimonio con bienes mancomunados, comprar una casa en un lugar más digno que el hacinado callejón donde siempre vivió con la abuela; veranear en Naplo, o mejor en las playas del norte: Máncora, Punta Rocas, Los Organos; o quiza aprovechar las vacaciones del marido e irse a Varadero, Punta Sal, la isla Margarita, en fin, pertenecer al ansiado círculo social, mientras tú Carlitos continuarias en el mismo círculo vicioso.

—¿Y él iría a aprender?

—No Carlitos. Tu no aprenderías ni con lo que pasaría en la fiesta de la cascada, la madrugada en que ella se desapareciera junto al danzarín aprovechando la neblina, oreando su excitación mientras tu te tapabas la naricita y los ojitos negándote a presenciar la huída, a sabiendas que ella igual escaparía tarde o temprano con el bailarín o con cualquier otro o con varios para conocer el placer de sentir manos ajenas a las tuyas recorriendo su piel; labios mas fieros jugueteando con su pecho; músculos mejor desarrollados restregando sus nalgas; lenguas más vivaces hurgando sus cavidades y ella en agradecimiento les mordería el cuello, se inclinaría de frente, de espaldas, una y otra vez, bocabajo, bocarriba, satisfaciéndolos, apretándolos, aprisionándolos con las piernas a punto de sufrir un calambre; bebiendo enajenada sus alientos a vino y alquitrán; volviendo a ser la Clara que tu conociste en el bulín «El peñón» tres años atrás. Luego pasaría lo que inevitablemente tendría que pasar: ella vacía, tendida en el catre de un mísero hostal, las prendas rotas esparcidas por la habitación, abrumada, culpable y con la inacabable paciencia como única esperanza de color para la vida. Horas, días, quizás semanas para recuperar la vergüenza y buscarte y verte nuevamente a los ojos. Ay Carlitos. Y tú no entenderías el distanciamiento con los amigos. Te abandonarías a su juego, pusilánime, sin responder a los saludos, con la cabeza gacha. Te esconderías, nos evitarías y finalmente el mutis, total, sentenciante. Y el escozor se acrecentaría en tu estómago. El ardor perenne en tu mirada. El odio clavado en cualquier objeto con la imagen de su recuerdo. No Carlitos. Tú no irías a aprender nunca.

—Pero...— Clara se quedó en silencio, intentando encontrar palabras —tú también formas parte del sistema. Tú también le has regalado tu plata a los gringos— otro largo silencio se apoderó de la situación.

—Si, mira. Si lo aprendes te servirá al menos para entender lo que dice la letra de las canciones de los discos.

—Lo primero que uno debe admirar de una canción es su música, la melodía. La letra puede variar, es accesorio. Tu lo has dicho— refutó Clara.

—Esta bien. Entonces te puede servir para...buscar un mejor trabajo, por ejemplo. ¿Entiendes?
—No, Carlitos. Ella no entendía ni a golpes, por eso esperaba paciente que terminaras tu sermón para seducirte y obligarte a ir a los altos de una discoteca en un afrancesado edificio del Paseo Colón, eso si antes no aceptabas acompañarla hasta el bulevar, veintitrés kilómetros al norte, arriesgándote al salvajismo de los pandilleros de la zona y a sus groseros piropos. Ay Carlitos, al final te rendirías ante aquella morbosa manera de insistir porque la querías demasiado y ante eso no podías negarte.

—Gracias Carlitos. Te prometo que mañana mismo me matriculo. Ahora solo déjame escuchar la canción— Un abrazo, un beso fugaz e instantáneo y a corear nuevamente el insulso estribillo.

—Ay Clara. Algún día aprenderás. Serás sofisticada, inteligente, bella, refinada, de gustos exquisitos. Perfecta— pensaba Carlos, observándola tiernamente, orgulloso. Un hálito de felicidad lo envolvía.

Ambos llegaron extenuados al tercer piso después de subir la angosta escalera de servicio. En la oscuridad del local Carlos pudo escoger la mesa mas alejada, en el rincón, sin embargo, Clara lo cogió de la mano e inmediatamente lo llevó al centro de una de las pistas de baile y allí se quedó ella más de una hora bailando monótona y aburrida con Carlos primero y luego contorneándose seductoramente con un sujeto alto, aparentemente menor que ella, de cabellos lacios y mal cortados que lograban cubrirle los fosforecentes ojos y resaltaba apenas su inocua nariz; danzando peligrosamente pegados, cintura con cintura, girando alegremente sobre los brazos del desconocido hasta marearse y caer rendida a sus piernas para nuevamente continuar con el ritual al ritmo de los tambores. Carlos se sirvió otro vaso lleno y espumoso, negando con la mirada su exacerbada molestia y permitiéndole a Clara y a su acompañante de turno lucirse con nuevos pasos, posiciones más atrevidas, movimientos más lascivos y contactos más íntimos. Estuvo ensimismado, mirándolos hasta que el llanto de una mujer y los gritos de lo que él supuso un energúmeno lo hicieron volver su vista a la mesa contigua, justo detrás de él. El bullicio del local apagaba la andanada de insultos que profería el acompañante de la mujer. El frío y la neblina se filtraban entre la columnata del recinto. Con sus ojos cansados, dirigió nuevamente la mirada hacia la silueta entremezclada de la pareja apretujándose a un costado de la pista. Una bofetada; unos insultos, claros y nítidos retumbando en sus oídos. Las sombras galopando al borde de lo permitido. La ira creciente. Un ensangrentado rostro de mujer frente a él. La insufrible música estallando en su cabeza. La pareja de bailarines haciendo piruetas, ganándose el aplauso de los asombrados espectadores. Marionetas de carne rebuscándose. Títere burlado. Carlos se puso de pie lentamente. Giró bruscamente y embistió al acompañante de la mujer golpeada. Brazos que se entrecruzaban ágiles, imprecisos, mesas que se vaciaban dejando espacio a la nueva pareja centro de atención. Las primeras sillas volando por sobre las cabezas y estrellándose con el pavimento, diez metros más abajo. Los gritos, las arengas, los aplausos. Las manos atreviéndose a cogerla ya no de la cintura. Las bofetadas de la mujer que no se cansa de llorar. El abrazo final al borde del parapeto. Los últimos golpes al corazón, intercambiando puntapiés. Unas voces lejanas recién advierten la trifulca. El desorden es total. Crujidos de botellas rotas tintinean en su memoria. Las ametralladoras de vidrio que incansables no terminaban de disparar saltitos, giros, melenas y sudor.

—Ay, Carlitos. Ya lo tenías, pero tú querías darle una lección. Asustarlo para que aprenda, porque así aprendemos nosotros, con el golpe, con el susto. Cuando estamos con la soga al cuello. Cuando no queda otra que la espada o la pared. Con el corazón en la mano. Un par de cuerpos fugaces estrellándose contra la vereda. El viento susurrando la música que parece apagarse con la algazara de fin de milenio . El dolor besándole el corazón. Los fisgones acercándose dubitativos. Unas llamadas de emergencia. Los celulares regados. La mujer desmayada y Clara, Clarita en medio de la pista, inventado nuevos pasos, innovándose, creándose nuevos ritmos.