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COMPOSICIÓN
Coqueteo con Divina
por Raúl Romero Z.

Cautivada, esa es la palabra correcta en definitiva ella te entiende o tú la entiendes; ves detalles que antes pasaban desapercibidos. Sabe de tu entorno, pues ella vio tu proceder hasta en esa cualidad voluptuosa. Trastoca todo cuando en su irrisoria sutileza le mencionas sobre el coqueteo a través del hilo telefónico en las horas degustadas por el contacto en medio de la oscuridad con la noche que nace y se yace recogida; pues, a pesar de tu ofensiva indolencia esa que nos lleva a un vuelo mágico con poesía carmesí. Hasta por ti deja sus efímeros intentos de seducirte: se altera, se atavía con esmero, se peina tratando de ocultar diferencias. Una Obscena divina, voluntariosamente incestuosa. ¿Te esperan? Por supuesto, si diariamente te susurran al oído sugerentes rastreras insolencias.

El principiante apasionado. ¿Cree que basta la tarea rutinaria? Todo se desata, no sabe dónde buscarla, a pesar de que siempre está delante de ti. La quisiera reconocer como tú la conociste, pero ni la buscas. Y es que su moralidad te enloquece, pues prefieres confundir el afecto con las sensaciones propias de la dermis. Te quejas cuando crees que hace falta, que se ha olvidado de ti, cuando en realidad, no la aceptas como quiso ser; así es su ideal. Como muchos imprudentes, te alimentas de esos besos que hoy son parte del ayer. Tú partes como respuesta a su adiós. Probablemente, no te la mereces, pero la necesitas más de lo que ella a ti y lo sospechas porque le sientes, si es que aún no te has resignado a las materias del alma. En las andanzas, halagas a otra, a esa culona trepadora. Te entiendes con ésta y con otras lastimarías, falsas, voluptuosas, retocadas para satisfacer el animal que tienes en el interior. No es que ella carezca de dignidad por seguir a tu lado. A pesar de todo, se enternece de ti, es prudente con tus padecimientos. Se mantiene expectante porque es consciente de que si se aleja de ti, la felicidad le será imposible. Y por eso siempre te hará un espacio al pie de su habitación, para acicalarte mientras concibes un sueño paciente, tácito de que nada a comenzado.