¿De quién, de qué, de dónde es esta revista? Si te falta completar tu colección...

Qué dijeron y qué dices tu...

Cómo enviarnos tus rollos

Cómo anunciar y dónde comprar

Para adictos a rollos inconexos

DESCARGAR PDF (189 Kb)

(Hacer click derecho y seleccionar "Guardar destino como...")

Para la correcta visualización del artículo, recomendamos seleccionar la opción CONTINUOUS FACING (menú del click derecho) en el Acrobat Reader.






















































































CRÓNICA
El Superba
por Alonso Carcelén

Gordo y viejo, así es el mozo que, con la lejanísima expresión de quien recuerda a un pariente político, nos ve llegar. Son las 2 menos cuarto de la mañana —hora en que las papas están calientes— cuando llegamos al Superba, antiguo bar sanisidrino(*) de nada menos que 65 años de antigüedad y cuya función ha sido la de cobijar toda una raza de seres vinculados a los más diversos oficios: burócratas, intelectuales y artistas, principalmente. Afuera el ambiente está movidísimo: putas, chocolateros y pesadísimos taxistas quieren sacar su tajada de la noche que involucra nuestra cantina, así como también los negocios satelitales que se mandaron a incursionar en tan reputado rubro.

La fachada diferencia claramente cuál es el área del local: hay dos colores, el área del Superba es medio fucsia, el resto es crema, como para no aparentar ser la misma vaina. Un escudo al mejor estilo de San Jorge y el Dragón en la pared exterior, a un extremo, parece responsabilizarse de la seguridad del lugar tal como lo hacen los sellos o talismanes en lo alto de las puertas y entradas en el universo literario árabe—hindú. La noche está fría, de modo que convendrá entrar rápido para dar inicio a un ritual solemne, ceremonial, que algunos vienen ensayando desde décadas al nombrar a éste su lugar juerguístico favorito. Hoy soy espectador morboso, lo disfrutaré.

«Bienvenidos al Superba Bar» puede verse desde afuera, dejando en claro cuál es el papel protagónico del lugar porque parece que de día es un restaurante más, aunque no cualquiera, debido a que la especialidad de este lugar ha traspasado fronteras: el tacu tacu, el cau cau, la patita con maní y el seco; son los grandes protagonistas de la noche y se lucen orgullosos en escudillas rectangulares tras las vitrinas de un mostrador, normalmente llaman al apetito, a veces llaman a un comprador. También se puede distinguir claramente algunas caras que sin embargo, pueden ser máscaras, ya que las puedes encontrar en cualquier lugar sin importar nada. Aquí, no obstante, adquieren cierta justificación, con sus expresiones de regocijo, tristeza y hasta de indiferencia, complacidos en el propio vaso. Cumplen un rol dictado por el peso de la circunstancia y al que raramente renunciarán

El Superba es el Superba, nunca atrajo grandes masas que hubieran urgido ampliación alguna. Ciertos indicios nos sugieren que la selección de los parroquianos era, con toda seguridad, muy rigurosa ya que un urinario, a modo de anfitrión, nos da la bienvenida al único baño y más al fondo, en el mismo cuarto, detrás de unas improvisadas puertas, como escondido por estar muerto de la vergüenza hay un water que es usado por las nuevas invasoras del recinto: las damas. Este es un baño unisex. Cabe destacar que el gran aroma a pichi no las espanta: ellas son guerreras de pelo en teta y estar aquí para ellas es casi como una conquista más a la que estarán acostumbradas después de creer que han desahuevado a los hombres con sus luchas feministas. Porque tienen cara de feministas y además de fumonas, los ojos chinitos y su recurrente buen humor las delataron desde el principio. Sus ropas son casi idénticas: jeans viejos, trapitos de seda medio gitanescos en los cuellos o amarrándoles los pelos, una blusitas medio artesanales y la infaltable bolsita serrana que a modo de banda presidencial les surca el pectoral. Lentes, algunos de colores. Un verdadero uniforme hecho para reconocerse entre ellas y distinguirse de otras, las huecas. Casi con toda seguridad son de La Católica, de Ciencias Sociales o de Artes. Para algunos el lugar es un territorio para deshacerse del mugroso recuerdo de un mal día de chamba, y su interacción en él, un rito en una comunión de renegados. Para otros es el lugar más antimainstream que han visto en su vida y la sola visita a él es toda una experiencia.

—¡Mozo!, dos chelas, pero heladas como pata de muerto, ¿eh?.

Con este pedido nos integrarnos en el eje de la actividad de este sitio: chupar. Este es el común denominador de todos los que vienen acá. La salvación y la perdición de muchos de nosotros.

—Diez soles todo —dijo el cortante y conciso mosaico.

Deposita las botellas de 620 bien heladas y 4 vasos bastante mojados, normal, tan característico al interior del bar como la expresión en la cara del mozo: dura, distante e indiferente. Aquí queda bastante claro que el protocolo está subordinado al seductor poder de la cerveza, la secreción por excelencia.

Personajes cada vez más pintorescos pueblan el lugar a medida que el tiempo transcurre, el más especial sin duda es un viejo gordo y barbudo, bastante borracho que habiendo culminado un acostumbrado rito etílico, según nos lo confirmó «Chaccha», el viejo mozo, quedó dormido en su asiento, envuelto en un pesado sacón en cuyo bolsillo asoma un periodiquillo futbolístico. La silla apenas puede aguantar tanto peso. La obsolescencia y absurdez de ciertos elementos del lugar contribuyen al toque característico.

Los techos están cubiertos de moho, seguramente de décadas de antigüedad, la pintura de estos se ha descascarado y los pocos pedazos que aun sobreviven cuelgan con la seguridad de caer. La tradición y un tiempo que no parece transcurrir forman parte de la iconografía del local en un verdadero chorro estimulante donde todo pareciera participar: estampas de Lima antigua y acuarelas de los San Fermines están distribuidas en al menos dos de las paredes, así como afiches antiquísimos de cerveza Cristal, Pilsen y Dellmen. También decenas de almanaques de diferentes y lejanísimos años —con sonrisas falsas de modelos ligeras de ropa, tal vez hoy respetables tías— colgados en las paredes interiores a la barra. Ello pone en claro que este es un barcito a prueba de décadas y casi, pareciera, de siglos. Sobre la entrada al baño hay un altarcito del Señor de los Milagros con algunas flores marchitas que claman a gritos un relevo. La sagrada familia en un cuadro por encima nuestro, disuade un tanto de llegar a la ebriedad. Una viejísima caja registradora se luce imponente en la barra y aunque se nota inoperante, está bastante claro que es uno de los símbolos del lugar, el testimonio de antigüedad más augusto y representativo. Un letrerito de prohibido fumar pone la nota humorística del asunto: más de la mitad de los asistentes fuma con verdadera dedicación. «Prohibida la venta de licor a menores de edad» advierte un letrero suspendido en algún lugar del mostrador y que pone en claro aquí, quién está apto para tomar asiento y quién no. Nuestro mozo, imperturbable, nos mira como ofreciéndonos más cerveza. Un toque más.

Detrás del mostrador se yerguen orgullosos ejércitos homogéneos de botellas de ron y pisco, principalmente, y vino en menor proporción, y que cumplen plenamente su papel de promotores de sí mismos para una venta efectiva: un lugar visible e iluminado es su fuerte además del relativo prestigio de alguna de sus marcas: Cartavio, Pomalca, etc.

Personajes cada vez más pintorescos pueblan el lugar a medida que el tiempo transcurre: un grupete de cuatro parroquianos que degustan seco con frijoles de un modo que abre el apetito. Estos son: un gordo canoso medio calvo, un viejo que putea como la mierda, otro calvo que parece limitarse a escucharlos, y un tipo joven, considerando la edad de los otros, que come a toda prisa —como preso político— y habla gritando con la boca llena. Ineludibles, discuten y ríen a gritos constituyéndose en el epicentro del bar.

Sin embargo su protagonismo se ve desafiado abiertamente: envueltos en una nube de cigarro llegan tres borrachines ya mayores, el más joven de unos 40 años camisa afuera y mirada saltarina, reconoce a los otros comensales y nos mira detenidamente. Evidentemente no nos reconoce como comensales habituales. El más viejo, muy abrigado y bastante ebrio como para tener la concha de venir al lugar no parece importarle quién haya venido o quién se haya ido. El sólo quiere chela y así se la pide a Chaccha quien corre solícito a atenderlo. El tercero es un señor gordo de lentes, ya sin pelo y con una chompa serrana. Este es el que más habla de los tres y lo hace a gritos. Muy finos para hablar. Aquí eso no importa ya que muchos nos adormecen con vozarrones y la bullandanga.

Momento de tensión, silencio, reconocimiento, y carcajadas: los dos grupos eran amigos. En un abrir y cerrar de ojos tres mesas quedan alineadas y el grupo de Los Siete (que así los llamaremos) consolida su rol principal al interior del Superba. La bulla ahora sí escapa a toda clasificación y las risas se elevan en verdaderos coros. La música ahora sí contextualiza nuestro entorno como debería serlo: Héctor Lavoe y su El Rey de La Puntualidad marcan el ritmo de un animadísimo ambiente.

Entonces sucede algo insólito, llega un tipo con una carreta de esas que se inclinan con más o menos ocho cajones de cerveza, simplemente abriéndose paso a punta de «cuidados» entre las mesas con la ayuda de Chaccha para finalmente acceder al refrigerador situado, claro, detrás del mostrador y lejos del alcance de los niños. Aquí no hay puerta falsa y tampoco tendría sentido manda hacer una. Bueno, antes había una que se compartía con el antiguo cine San Isidro, ahora sede de una congregación religiosa —según nos contó el mozo— la gente que se quedaba después de las 4 AM tenía que salir por la puerta que estaba antes de llegar al baño porque cerraban la puerta principal para hacer discreta la cosa. Pero desde entonces ya no se usa. Queda claro que eso interesa muy poco en el SUPERBAR, nombre original del sitio que un día al lucirse en los exteriores con un letrero, se le cayó la R y quedó tal cual lo conocemos ahora. Y así trascendió aún más.

No hay medalla de honor, ni galardón u otra clase de reconocimiento que supere el trozo de periódico que documenta la predilección de Alfredo Bryce Echenique por este bar. Historias de fugas del colegio al bar son contadas aquí por el mentado escritor. Se confirma una vez más que la fama del tacu tacu no eran sólo palabritas al figurar Alfredo allí, en la foto del artículo, con un inmenso plato de este sencillo potaje y una modelito atendiéndolo. Dicho fragmento se exhibe orgulloso en una de las vitrinas del lugar e invita por su estratégica posición a ser leído por todos para así reafirmar, consolidar el valor subjetivo que cada uno tiene del bar.

Pedimos el plato. Delicioso, de verdad es diferente y debe ser una receta más compleja que la que generalmente se conoce en las casas. Alguien sugiere que es sugestión por la fama del plato. Quizás. A la hora que le tocaba comer Chaccha resultó más exquisito que nosotros, no se limitó a un tacu tacu ordinario sino que decidió adicionarle un chicharrón de mariscos muy bien aderezado según pudimos olfatear. Nadie puede fregarlo ahora que se sienta. Por un momento el Superba se queda sin mozo pero es el momento en que todos o la mayoría fugó y los que quedaron tienen las botellas todavía llenas. Chaccha es ahora un comensal más del negocio que él mismo atiende. Todos parecen notarlo. A las 5 AM, cuando el sol regresa de otros firmamentos, fugamos.

---------------------------

(*) Muy cerca a la esquina entre Petit Thouars y Javier Prado.

Nota: Por estos días (Feb 2004) la Municipalidad de Lince ha dispuesto una triste política de establecimientos que prohibe a bares y lugares afines, el expendio de licor a partir de la medianoche. Por ello, a partir de esa hora, el SUPERBA y los sitios circundantes son presionados por un abstemio batallón de serenos y policías municipales que con papeleta en mano obligan a cerrar la puerta de estos locales permitiéndose, en algún caso, el consumo a puerta cerrada, pero eliminando de plano los últimos resquicios de vida bohemia en esta tradicional zona.