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Max Roach, Dizzy Gillespie y Charlie Parker: cada uno más virtuoso que los otros.

ARTÍCULO
Un pretexto para acercarse al Jazz
por Martín Endo

Para el común de la gente el jazz resulta una expresión musical rara y ajena; tanto así, que hay quienes afirman que ya es parte del pasado. Para una mayoría de aficionados a la música, el jazz es extraño e inasible. Resulta difícil de tragar, de sintonizar, de enganchar con él. No es extraño el reparar que para un buen grupo de auténticos aficionados a la música, que por una u otra razón se encuentran cómodos orbitando en el microcosmos de unos cuantos, no se si llamarle géneros (…o quizás estilos, o formas musicales favorecidos en mayor o menor medida por la atención de los medios) es aún el jazz una especie de “región inexplorada”. Me tomo la libertad ahora de dirigir unas cuantas líneas a quien, conservando siempre alerta su sentido de la sorpresa y ambicionando experimentar de manera permanente la fascinación por el descubrimiento; estará siempre dispuesto a explorar nuevas regiones, a buscar nuevos y vastos sistemas más allá de un orbitar alrededor de lo mismo y más de lo mismo, a veces con nuevo traje, color y maquillaje, pero siempre lo mismo.

Los más apasionados amantes de la música detestan el exceso de frivolidad, la falta de coherencia entre el artista y la obra, la saturación ideológica, la escasez de ideas, la incapacidad de transmitir emoción y lo peor de lo peor, el insulto a la inteligencia. Hecho cada vez mas frecuente, pues a veces, cuando es imposible dejar de escuchar ciertas cosas que parecen creadas y ejecutadas por oligofrénicos (esas cosas que de ninguna manera pueden haber demandado más de un par de minutos de trabajo a media neurona del menos talentoso de los compositores imaginables) casi resulta inevitable el sentirse ofendido.

Los mayores aficionados prefieren a ejecutantes que exhiben suficiencia técnica y a creadores consistentes. Se complacen en experimentar la manifestación del talento individual y colectivo de músicos de verdad. Celebran la existencia de auténticas “fieras” instrumentistas y descomunales bandas. Aprecian tanto la exquisitez como la rudeza cuando se muestran impecables y rotundas. Disfrutan tanto de la velocidad desatada como de la relajación y la placidez; del rigor disciplinado como de la capacidad de improvisación, del dominio deferente de los usos y maneras de lo clásico como de las audacias de la innovación; del manejo racional de la intensidad tanto como de la liberación de una intuición desbordante; de una coordinada precisión, variedad de recursos e inteligencia en la composición y los arreglos. Están dispuestos a concentrarse y abstraerse en pos del más mínimo de los detalles puestos en la atmósfera y a dejarse arrastrar por los flujos que emanan de la inmensidad contenida en el sonido y en el silencio. Por eso deploran la música “chatarra”.

Y si bien es cierto que estas perlas no son -de ninguna manera- monopolio del Jazz, es preciso reconocer que empieza a ser cada vez más difícil hallarlas en otras formas (o géneros, no se) en las que lo estrictamente musical ha sido ya descaradamente desplazado por otras prioridades. Y no cualquier músico puede aventurarse alegremente a hacer jazz. Solo los más diestros, los más hábiles e inspirados pueden transitar por esos campos con cierta dignidad. Y sin embargo, el universo del jazz dista de ser excluyente; pues no se cierra ni se ha cerrado alguna vez. Muy por el contrario a través de su historia se ha visto constantemente nutrido por otras formas musicales casi desde el mismo momento en que se dio a conocer en todo el mundo.

A partir de su edad de oro, allá por los años 50’s se aproximó a la música afrocaribeña desde los experimentos de Dizzy Gillespie y Chano Pozo para dar inicio a esa sabrosa combinación que hoy es conocida como “jazz latino”. Se nutrió luego del aporte brasileño a través del llamado Bossa Nova, en los 60’s, momento clave para el importánte desarrollo posterior de la música popular en el Brasil, impulsado principalmente por la monumental figura de Antonio Carlos Jobim.

En plena ebullición de los tardíos 60’s se acercaron el Jazz y el Rock inaugurando una retroalimentación enriquecedora que dió pie al jazz-rock, al jazz-fusión e influyó de manera decisiva en la germinación del Rock progresivo. Algo similar sucedió en los 70’s cuando el inigualable Paco de Lucía, el gigante de Algueciras, se involucra en el inicio del acercamiento entre el Flamenco y el Jazz. Y mejor detenerse ahí por que cada una de estas historias da sobradamente para mucho más que una crónica.

Imposible concluir sin antes mencionar los acercamientos entre el jazz y la música peruana, tanto en su expresión criolla como andina en bandas e interpretes importantes como lo fué Perújazz en su momento, Manuel Miranda, Cesar Peredo y la banda “Los de adentro”, Kenyara y Criollazz entre otros. Recomendable para indagar y entretenerse un poco antes de decidir por donde empezar una travesía por el inmenso universo del jazz, los portales web www.terra.es/personal/jazznoend y www.obyron.com/hue00/jazz/jazz00.htm

 


The Trio: John McLaughlin, Al Di Meola y Paco de Lucía: demasiado buenos los tres.


Miles Davis: genial creador del Cool Jazz.


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