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ARTÍCULO
La Infame Artificialeza del Condón Postmoderno
por Gustavo Alejos Villar

«Pienso, luego existo es el comentario de un intelectual que subestima el dolor de muelas. Siento, luego existo es una verdad que posee una validez mucho más general».
Milan Kundera

¿Quiénes no somos?, ¿hacia dónde no vamos?

¿Cuándo hemos sido más postmodernos que en estos tiempos?. Si despertar, asearse, comer, transportarse, laborar, someterse, venderse, vengarse, defecar, fornicar, dormir, desear, soñar; eran antes actividades propias y ajenas a la vez, ya que estaban insertadas en un sistema, en un pensamiento y fines colectivos, ¿no está clarísimo ahora que las mismas actividades, en estos tiempos, tienen sólo un sentido personal, íntimo y egoísta?.

Este antes referido tendría más o menos veinte años, cuando la idea de la modernidad primaba en los sistemas universales. Esta idea ficticia y embelesadora del progreso, del compromiso con la historia, de la importancia de la razón y de la planificación total de toda actividad que involucre al ser humano. ¿Cuándo nos sentimos hartos de este pensamiento totalizador?.

Postmoderno, simplemente porque algunos intelectuales recogieron este hartazgo colectivo de las ideas progresistas, y bautizaron esta nueva manera de asumir y enfocar la vida como «el fin de la modernidad»: la postmodernidad. Intelectuales como Vattimo, Lyotard, Baudillard y Lipovetsky, exponentes de la postmodernidad como corriente intelectual (si esta existiera), han coincidido en que si bien es cierto la postmodernidad no tiene una fecha exacta de nacimiento, su apogeo y calidad contemporánea no puede ocultarse.

En la modernidad primaba la razón como soberana, y la idea del futuro estaba anclada en cada miembro de la sociedad. Dios era opio, la historia un esfuerzo colectivo, el futuro una posibilidad, la igualdad un sueño alcanzable. Pero como todo en esta vida, aquellas quimeras tuvieron que ceder ante la inmensidad y contundencia de algo llamado REALIDAD. Entonces, ¿en qué creemos ahora?.

La pregunta correcta sería: ¿en qué ya no creemos?. Pues en aquellas quimeras que se han demostrado inválidas una y otra vez. Pobre gente de París, sacrificaba su presente en pos de un futuro mejor, se quedaba sin hoy por el mañana. Finalmente, hemos caído todos en cuenta de que el futuro no existe, que la historia como tal, está sustentada en una estructura apócrifa, que el hombre en sociedad ha fracasado —y fracasará— todas las veces, que es preferible pensar en el YO, antes que en el NOSOTROS.

Esta verdad está en nuestras calles y en nuestro proceder, y además —me parece— se encuentran en extinción aquellos especímenes que demandan aún el uso de la razón y los intereses colectivos, más bien, existe un orgullo contagioso postmoderno. Si ya no existe futuro, es el presente el que prima ahora. Hemos vuelto a creer en Dios a nuestro modo: un poquito de Jesús, otro de Buda y la meditación, otra pizca de esoterismo, astrología; y para ser completamente democráticos, la pequeña cuota de marxismo nos completa el menú personalizado de creencias. ¿Mal?, ¡todo lo contrario!, ¿por qué tendría que estar mal que hayamos reemplazado los libros del Ché en las esquinas por los de vegetarianismo, cuidado personal, dietas, ecología y Paulo Coelho?. Desde esta tribuna postmoderna nos declaramos íntimos y personales, queremos ser como aquellos personajes en las novelas de Paul Auster: abandonados sí, por las estructuras sociales, pero inmensamente ricos en sus propias estructuras, ahora válidas, ahora importantes. Queremos dejar de ser hommo sapiens para declararnos hommo sentimentalis, y no porque sólo queramos sentir, sino porque consideramos que el SENTIMIENTO prima sobre la RAZÓN, y no queremos un poco, lo queremos todo. Y no lo queremos mañana, lo queremos hoy, aquí y ahora.

¿Cómo estás?, ¿cómo te sientes?, ¿quieres sentir más?

El haber cambiado el viejo saludo de los 70: ¿Y, qué estás haciendo?. Por el: ¿Y, cómo estás?, de ahora, resulta una evolución coherente en la demostración de nuestros afectos. Ahora nos interesa más la persona que sus actividades, sus pensamientos que su ideología. Hemos entronado a la emoción, y por ello mismo, su hija mayor: el placer; ha adquirido niveles de importancia de acorde a la importancia que ahora le damos a nuestros cuerpos. Pero también, ahora abordamos al placer de acuerdo a nuestra visión desencantada de la realidad: si cada vez evitamos pensar y razonarlo todo, ahora sólo queremos sentir sin mayor compromiso. Quiero salir esta noche y perseguirla hasta alcanzar mi orgasmo, mañana ya veré lo que hago.

«Hombre maduro busca señorita atractiva y seria, para compañía en viaje de placer». «Mujer mayor requiere de acompañante joven y cariñoso para compromisos sociales y otros. Seriedad garantizada». En una encuesta para adolescentes en Barcelona, España; el 40% de las encuestadas dijeron mantener relaciones sexuales sin utilizar ningún tipo de método anticonceptivo. En esta encuesta del Diario «El País» (21 de enero de 1990, p.22), muchas adolescentes dieron explicaciones tan contundentes y claras como: «utilizar anticonceptivos significaría pararse a pensar». Ya no queremos pensar, queremos sentir. ¿Cuáles son los límites para ello?. ¿Porqué pensar en límites?.
Nuestro hedonismo renovado sin duda se basa en valiosos y auténticos preceptos. Se podría advertir, sin embargo, que el abandono en nuestras propias exploraciones podría devenir en un goce autístico y extremadamente personalizado. «Yo sólo quiero un poco de pastel, y a la mierda lo demás». Hemos reinterpretado(¿?) el Carpe Diem de Horacio de una manera contundente, ya que «aprovecha el día» no significa el ensalzamiento de la laboriosidad (como en una aburrida película) sino en la obtención inmediata y sin tardanzas de todo lo que podamos conseguir en estos momentos, sin dejar nada para mañana. Queremos las flores para ahora, no para a nuestro funeral. ¿No es cierto?.

La traición del látex

Una chica y un chico, con algo de alcohol y cocaína en el cuerpo se ven por primera vez en una discoteca de la vorágine limeña. Se gustan, se atraen, desean sentir. La institución del one-night-stand (relación de una sola noche) en esta época postmoderna permite que ellos se conozcan, flirteen, se toquen, para luego desaparecer en la exquisita niebla limeña, rumbo a alguno de aquellos vistosos letreros de neón que ofertan habitaciones de alquiler. Lima hostalizada, lúbrica y postmoderna, equipada eficientemente para estos menesteres. La chica sentirá culpa a la mañana siguiente (si no supiera de ese malestar, no lo haría, ya que ello justifica su arrebato y la disculpa con algunos cánones sociales de nuestra añeja sociedad). El chico querrá desaparecer lo antes posible, para luego ir en busca de más.

Esta manera directa e impersonal de relacionarnos cumple su función estupendamente: el de procurarnos placer sin mayores prolegómenos. Pero, ¡oh sutiles contradicciones de la vida!, por un lado el espíritu postmoderno dice: ¡goza!, ¡ya, ahora!. Por otro alega: Sólo importas tú, cuida tu cuerpo, tu zona, tu artefacto, tu territorio. Si te asomas un poquito por la ventana de aquel hostal, verás cómo la gigantesca piedra de la realidad os ha seguido (inmensa y contundente). ¿Cuál es el auténtico proceder hedonista?. ¿No es acaso el de abandonarse a la obtención del placer sin peros y razones?. ¿Porqué el condón se ha vuelto un componente de irritable presencia en nuestros arrebatos hedonistas?.

Obtén un poco de materia de esa piedra, verás pequeñas realidades monstruosas: VIH, papiloma humano, herpes, hongos, fungus y otras hierbas. Verás realidades posibles: hijos, cambio de planes, juicios de alimentos, manutenciones imposibles, pampers y otras ofertas. Y sin embargo, lo hacemos (pertinacia galileana). Y sin embargo, muchas veces no frenamos la viada de Epicuro. Racionalizamos: «no pasa nada», «sólo un toquecito», «no creo».

Quien esté libre de pecado que arroje la primera piedra. ¿Quién no se ha internado sin reparos en alguna de estas cacerías de placer, sin látex ni píldora que valga?, ¿quién no ha amanecido, confundido y complacido, hombre o mujer, en una cama ajena?. ¿No será que hemos evitado nuestra propia traición?, ¿por qué someter al juicio de la razón a nuestra alma postmoderna?, ¿detenerse a pensar no está en contrasentido con lo que ocurría en el momento?. ¿Cómo adquirir uno de estos adminículos de látex justo en ese instante, si la última vez que mantuviste uno en la billetera se venció olvidado y mellando tu autoestima?. ¿Es el condón la última barrera del hedonismo postmoderno?. ¿O es su tope, su fin, su límite, la frontera?.

Esta noche saldremos todos nuevamente, nos acicalaremos, gastaremos dinero, tiempo y energía. ¿Qué somos?, ¿entes postmodernos desbocados?, ¿o la pequeña cuota de razón nos frenará en el momento máximo (si sucediera) y haremos el paréntesis de látex?. O revisaremos estadísticas y diremos que no estamos en la India, en África o en San Francisco. Diremos que estamos en Lima, sacaremos un boleto en la ruleta de la postmodernidad y luego decidiremos si la jugamos o no. ¿No es estúpido gastar en profilácticos si no sabes lo que va ha pasar (y probablemente no ocurra)?. ¿No te dirán de pe-a-pa si ven que llevas un condón en la cartera?. ¿No es doloroso pensar y pensar?.

Los frágiles límites entre la razón y el sentimiento se encuentran en uno mismo, pero también en el otro. Talvez el látex es sólo un instrumento útil para la obtención de más y más placer, la lógica así lo propondría, las estadísticas lo niegan con contundencia, tenemos demasiados amigos y conocidos con hijos chispoteados, con algún tipo de infección, con algunos meses de gestación, con sospechas y más sospechas. Y esto ocurre en todo el mundo. Somos entonces auténticos postmodernos, la razón está proscrita, sólo regresa fugazmente y de vez en cuando. Esperemos que cuando lo haga nos auxilie en el momento más oportuno porque muchos (entre los que me incluyo) ya sacamos algunos tickets en la dichosa ruleta postmoderna.

¿Jugarás los tuyos esta noche?.



¿Cómo adquirir uno de estos adminículos de látex justo en ese instante, si la última vez que mantuviste uno en la billetera se venció olvidado y mellando tu autoestima?.


Quien esté libre de pecado que arroje la primera piedra. ¿Quién no se ha internado sin reparos en alguna de estas cacerías de placer, sin látex ni píldora que valga?.